#1

En la pequeña antesala junto al aparador, en una estrecha mesa, una menuda niña con desdén y temor, apretaba con su mano derecha un delgado tenedor.
El pulcro Hacedor, vestido de blanco hizo lo propio, caminaba con pisadas frías y mirada ausente, perdido en el futuro presente, deseando que el amargo sabor de las trufas fuera para ella su perdición.
Suspendidos en el aire, afligidos y expectantes, un segundo previo de dolor, el metal desgarrando cada capa de la suave y esponjosa escena de tierna compasión.

Un bocado silente y ansioso. Labios apretados y parpados ocultos. El recuerdo imborrable que nace en una sonrisa pintada de chocolate. 


Leonard. 

Danielle

El aire frio del amanecer discurre por la ventana entreabierta de la antesala. La piel desnuda de su cuerpo se estremece y los cabellos castaños de su nuca se erizan. Un escalofrió recorre su espalda, sus parpados lentamente se abren con desdén y pesar. Todo parece confuso y distante.
 Sentado, con la cabeza apoyada en el borde del sofá, su mirada borrosa vislumbraba el despertar de un hogar extraño, sin entender los sentimientos alojados bajo su paladar, sin reconocer en que momento olvido las líneas de su personaje.
El leve sonido de unos pasos atraviesa el pasillo, una delgada figura se detiene en el umbral de la antesala observándolo mirarle sin expresión de alegría o pena, solo el vacío de quien aún permanece en la penumbra, impávido.
Creyéndose en un sueño, ve la silueta de una muchacha aproximarse entre las difusas sombras. Siente como ella se posa sobre sus piernas y utilizando su peso lo transforma en su prisionero. Sin desear liberarse, yace sujeto bajo sus caderas perdido en sus hermosos ojos de tinte esmeralda.
Ella toma con sus dedos el contorno de su rostro, la tibieza de su tacto despierta sus sentidos, su aroma le es familiar, su corazón palpita sintiendo su temor, notando su anhelo. La punta de su nariz roza la suya inquieta, puede observar en el reflejo de sus retinas su boca.
Un cálido beso, capaz de transpórtalos a un sentir donde solo existe ese instante, un dulce movimiento dueño de todo destino futuro. Se distancian  percibiendo la humedad en sus labios, distinguiendo el brillo que los cubre.
Los primeros rayos de luz entran en la habitación iluminando las bellas facciones de la muchacha, permitiendo que sus ojos observen como las pequeñas motas en el aire circulan en rededor de su rostro, sin tocarla, acompañando su respiración como la marea del océano más yermo y calmo.
Su expresión hace que él se estremezca. Está asustada y enamorada. Espera una respuesta. 
El rubor coloniza a sus mejillas, tímido, por vez primera sonríe vulnerable.
Hay sueños que juegan con la realidad y entremezclan la fantasía. Son aquellos, el escenario donde todos deseamos estar.