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Malteada

 

Ella jugaba con la pajilla en su boca, estaba distraída. Las burbujas de gas del vaso revoloteaban a unos centímetros de sus labios. Se sentía estúpida sentada en aquel lugar esperando que trajeran a su mesa un trozo de tarta de calabaza. En que cuento de los años veinte estaba. Tocando una vez mas con sus manos temblorosas el arma ensangrentada bajo la mesa, podía imaginar un par de gotas rojas caer con estrepitoso ruido sobre el ajedrez de las baldosas. No se suponía que la corredera de una M9 quedase empapada, pero, ¿quién se aferra a su asesino y te desafía a seguir apretando el gatillo? A ver, como la punta del cañón se introduce como una lanza en tu vientre.

El sonido de los cubiertos y la sonrisa de la camarera la sacaron de su ensoñación, frente a ella en reluciente blanco un trozo de pastel era coronado con una frambuesa, debía comer algo, y no importaba si la mermelada carmesí que escurría la hacía recordar las tripas de aquel despreciable sujeto. No era el primero o el último de su lista.


Eure


La habitación lucia desquebrajada y maltrecha, las paredes agrietadas permitían ver los tabiques descubiertos o astillados, la ropa desperdigada sobre el piso se amontonaba junto a los muebles vacíos, y la luz del amanecer tenuemente penetraba en ese lugar a través del marco de una ventana de vidrio inexistentes.
Su mano se levanto desde su torso hasta situarse frente a sus ojos, la sangre cubría  sus dedos y manchaba su muñeca, su lengua intento sentir sus propios labios, quienes tostados por el frío y agrietados por los golpes, solo eran capaces de permanecer sujetos a su rostro, sin sentido, sin gusto alguno. Junto a la comisura de su boca  una línea de sangre describía un sendero surcando su mentón, bajando por su cuello, manchando los ribetes de su camisa.
Enfocando su mirada en rededor, una pequeña nube invisible parecía difuminar los bordes de los objetos, acentuándose en cada moviendo que él intentaba de su cuerpo, sus puños se cerraron, impávidos e impotentes, recordando, odiando, anhelando, sufriendo, una delgada lagrima cayo por su mejilla, convirtiéndose tras unos segundos en una corriente que silenciosa producía que su garganta se cerrara y su respirar entrecortado cada vez se hiciera mas pausado.
----- no pude… ----- Sus manos cubrieron las cuencas de su ojos y un leve gemido ahogo su llanto. ----- debo ayudarla… debo cuidarla como lo prometí… -----
Inclinado su cuerpo, su torso se deslizo por la pared hasta lograr que su cabeza diera contra el piso, aferrándose al último vestigio de su fuerza, giro sobre si mismo, se coloco de rodillas, y a gatas, busco un apoyo en los bordes de un taburete, levantándose. Sus piernas entumecidas le hicieron trastabillar al primer movimiento, sus brazos aunque débiles, lo mantuvieron de pie, la palidez de su rostro parecía alejarse de su tez dando lugar a un tono grisáceo de matices verdosos en cada nuevo paso. A metros del umbral de la puerta, sintió como un dolor le desgarraba el costado desde las entrañas hasta la piel, levanto su ropa con cuidado observando una herida bajo sus costillas, la sangre coagulada, espesa, cubría los espacios donde su movimiento abría la delgada cicatriz que mantenía unida a su carne, un color oscuro circundaba la zona, no eran buenas noticias. Sus labios sonrieron, no podía ser peor, debía apurarse y encontrarla antes que la fiebre retornara a su cuerpo, antes que ella olvidara correr. Tomo el pomo de la manija abriéndola suavemente. Cuando miro atrás, tan solo quedaban vestigios de lo que alguna vez fue Eure, ya no existía un sitió al cual llamar hogar, ya no importaba siquiera si alguna vez existió. 
                                                                                                        Leonard de Moral...