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Malteada

 

Ella jugaba con la pajilla en su boca, estaba distraída. Las burbujas de gas del vaso revoloteaban a unos centímetros de sus labios. Se sentía estúpida sentada en aquel lugar esperando que trajeran a su mesa un trozo de tarta de calabaza. En que cuento de los años veinte estaba. Tocando una vez mas con sus manos temblorosas el arma ensangrentada bajo la mesa, podía imaginar un par de gotas rojas caer con estrepitoso ruido sobre el ajedrez de las baldosas. No se suponía que la corredera de una M9 quedase empapada, pero, ¿quién se aferra a su asesino y te desafía a seguir apretando el gatillo? A ver, como la punta del cañón se introduce como una lanza en tu vientre.

El sonido de los cubiertos y la sonrisa de la camarera la sacaron de su ensoñación, frente a ella en reluciente blanco un trozo de pastel era coronado con una frambuesa, debía comer algo, y no importaba si la mermelada carmesí que escurría la hacía recordar las tripas de aquel despreciable sujeto. No era el primero o el último de su lista.


Banalidad


Colocando con delicadeza una de sus manos apoyada contra el cristal,  las yemas de sus dedos percibieron el frío material, quien trasparente, ofrecía tal propiedad a todo aquello que tras de sí se mostrase a sus ojos, incluyendo a la vez cada reflejo que en él se proyectara. Su rostro era su única compañía, su piel clara de tímidos cabellos castaños, ocultos bajo una plomiza gorra, eran el marco perfecto de unos labios sonrosados por causa de la baja temperatura, quienes levemente abiertos, mostraban en su delgado volumen, la teatralidad de aquellas personas que al escuchar una interrogante, abren sus bocas en silencio dejando pasar el aire apagado de sus voces, callando ante las respuestas, no por desconocerlas, sino por miedo a provocar nuevas preguntas.
Su tez desprovista de todo vello, entregaba las señales correctas de su edad temprana, ávida de la primavera. Su respiración pausada y rítmica,  causante del sutil tono en sus mejillas, era el resultado de una  nariz  recta y levemente respingada, la cual a pesar de mostrar en su costado derecho, junto a su tabique, una pequeña cicatriz en forma de bota, esta no mermaba su fragil figura.
Cerrando sus parpados llevo sus manos hasta las cuencas de sus ojos frotándoles levemente, apartándolas con presteza tras concebir en su mente un pensamiento de duda, dio un pequeño suspiro y se ciño nuevamente a escudriñar su reflejo, sus cejas fueron la siguiente parada, delgadas pero muy pobladas, delineaban en él una expresión de timidez y cautela, mientras sus ojos, estáticos, permanecían entregados al capricho de sus emociones, dos hermosos iris de tono anís y contornos azulados, semejaban el papel que juegan los actores, presos del guión, viviendo bajo la piel de otra historia, esclavos a los sentimientos escritos en el aire, sujetos a la critica y la aclamación, vacíos de prejuicios y llenos de la locura momentánea de los deseos, solo fingía estar presente, solo existía por inercia. 
Su delicada apariencia se ofreció a si mismo como una triste belleza, mientras sus labios contraídos por la respuesta que lograron encontrar, sin sonido alguno, replicaron las palabras que su mente construyo,  buscando un fin para todo ese fútil momento. ---- simple banalidad ----

                                                                                                                                                            Leonard De Moral